Bowles. Universo en expansión. La inspiración e influencia del escritor expatriado en Tánger sigue creciendo

08/06/2022

Javier Martín-Domínguez

“Ni se ha ido, ni nunca se marchará de Tánger”. Un experto en literatura comparada que vive entre las os orillas del Estrecho, da por ciertas las teorías de que el escritor y compositor norteamericano expatriado sigue mostrado su presencia en la ciudad de los prodigios. Hay testimonios fehacientes de apariciones, simulacros, actos de magia y avistamientos que sitian a Paul Boles en distintas calles de la medina de Tánger y alrededores, desafiando la información de que el músico y escritor dejó la ciudad hace casi veinte años para pasar a otra vida. Lo que resulta cierto es que, entre artistas, literatos y otras gentes de peculiar condición, se asegura que el influjo magnético de sus artes para la composición musical y literaria y sus dotes para el viaje siguen produciendo sensaciones vivas entre ellos.

La vida y la obra de Paul Bowles sigue provocando una fuerte onda expansiva reconociendo que su forma de habitar el mundo genera inspiración a las nuevas generaciones de creadores. Desde Miquel Barceló, que le vuelve a reconocer en su reciente exposición de motivos africanos, al último premio Camus, el escritor francés Mathias Enard quien le reconoce entre sus fuentes de inspiración. Escritores, músicos, viajeros y artistas siguen la huella del neoyorquino que cambio de país, de vida y hasta de alma.

Bowles fue un rebelde, que encontró en la vida nómada y la odisea del viaje el alimento de su creatividad. Se marchó primero a Paris en un barco mercante, para escapar de la asfixiante represión familiar y del frívolo ambiente de la universidad de Virginia. “Estaba en aquella universidad y me parecía que era un club de campo más que otra cosa. Así que una tarde regresé a mi habitación y decidí que debía hacer algo. Lancé una moneda al aire. Si salía cara, me iría, me iría a Paris; si salía cruz, me tomaría unas pastillas y terminaría con todo”. Lo relataba con plena convicción durante nuestras conversaciones en su salón del último piso del tangerino inmueble Itesa para rodar su biografía “Mapas de agua y arena”. Fue Gertrude Stein quien incitó a Bowles y al compositor Aarón Copland a dirigirse a Tánger, con tan mala fortuna que el barco que tomaron cambio de rumbo y evito parar en la ciudad. Desembarcaron en la Ceuta que celebraba la llegada de la Republica Española, pasaron por Tetuán y finalmente se alojaron en El Mina.

El viaje ha presidido la aventura personal y literaria de Bowles, que inspira sin duda a un Miquel Barceló al elegir para abrir el catálogo de su última exposición untexto del escritor neoyorquino sobre la pequeña isla de Teprobane, en la actual Sri Lanka, que sirvió de lugar remoto donde escribir con calma la quizá más elaborada de sus novelas, La casa de la araña, ambientada realmente en Fes.

Aunque eclipsado por el éxito de sus novelas y relatos, lo cierto es que Bowles fue músico antes que escritor. “Mi alma es la música”, decía Paul en aquellas conversaciones de los años noventa, donde se encontraba rodeado de los casetes de la época. “Me llega de todo, desde Stravinski a los Rolling Stones”. En aquella primera estancia, tras buscar casa, encontraron finalmente en la Medina un piano muy desafinado que trasladaron a lomos de un burro que se negaba a entrar por el portón dela finca. “La música es más penetrante, más personal porque no emplea el cerebro, no es muy necesario para escuchar la música, pero es indispensable para leer, por eso es otra cosa completamente distinta”, me decía Bowles.

Durante seis meses del año 1959, Bowles se impuso como misión preservar la música popular magnetófono en ristre. Gracias a él se conservan versiones originales archivadas en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, que fueron reeditadasen una cuidada edición que mereció un premio Grammy bajo el titulo “Music of Morocco”. En total 30 piezas reunidas de nuevo por el etnomusicólogo Philip Schuyler en cuatro discos con “música tribal bereber de las montañas y música árabe de varias encarnaciones desde el Sahara hasta la costa”, que para el suponían el elemento más característico de la cultura popular del país.

En esa estela, se encuentra el trabajo de Richard Horowitz que fue, junto a Riuchi Sakamoto, el compositor de la banda sonora de El cielo protector. Muy cercano a Bowles, ha compartido sus intereses musicales y finalmente fue protagonista también con sus flautas en el homenaje que Málaga rindió a Jane Bowles en el cementerio de San Miguel al renovar su enterramiento. Horowitz vuelve a ser residente en el Marruecos que más le acerca a su alma musical.

Bowles también sirvió de conexión para que el Rolling Stone Brian Jones entrase en contacto con los Maestros músicos de Jajouka, que participaron en las grabaciones. Su legado fue tan íntimo que hoy el hijo del fundador y músico Jajouka,Bachir Attar habita el antiguo apartamento de Bowles en Tánger. Bachir ha colaborado en Nueva York y en Europa con otros grandes músicos de distintas tendencias extendiendo el legado y la fusión de la música étnica de Marruecos.

Tanto la obra de Paul como la de Jane se revitalizaron en las librerías a partir del éxito de El Cielo protector de Bertolucci en los años noventa del siglo pasado, y siguen siendo atractivas para un universo lector que busca la experiencia del exotismo oriental, la reflexión sobre el viaje y la aventura interior. Res una de las fuentes donde puede inscribirse la magnífica “Brujula” de Mathias Enard, premio Goncourt por esta novela y reciente Premio Albert Camus de las Trobades Literarias Mediterráneas de Menorca. La vertiente más “noir” de Bowles que podemos encontrar en Déjala que caiga es donde prende el rastro de la trilogía del granadino residente en Tánger Javier Valenzuela que da presencia en su obra a la pareja de expatriados americanos. Miquel Barceló ya colaboró en su día con Bowles en las ilustraciones de la bella edición de “Lejos de casa”.

En su exposición titulada “Kiwayu” recurre al texto de Bowles en el que dice que “Hay dos tipos de paisaje que siempre tuvieron el poder de estimularme: el desierto y la selva tropical. Estos dos extremos- uno con el mínimo y otro con el máximo de vegetación –son capaces de ponerme en un estado muy parecido a la euforia”. Sin duda, el mismo efecto que sigue generando el músico y escritor en las nuevas generaciones que buscan un faro para navegar entre las aguas turbulentas de la creación.

Javier Martin-Domínguez, periodista y cineasta, dirigió  “Mapas de agua y arena”, una película sobre las vidas de Jane y Paul Bowles.